Durante años, buena parte del activismo feminista internacional sostuvo una premisa tan poderosa como justa: toda violencia sexual contra una mujer debe ser denunciada, sin relativizaciones ni cálculos políticos. Sin embargo, los acontecimientos recientes parecen demostrar que ese principio, en determinados ámbitos ideológicos, dejó de ser universal para volverse selectivo.
El 7 de octubre de 2023, durante la masacre perpetrada por Hamas en Israel, múltiples testimonios, investigaciones forenses y reportes posteriores dieron cuenta de violaciones, mutilaciones, humillaciones sexuales y secuestros de mujeres israelíes. A ello se sumaron posteriormente testimonios de rehenes liberadas que denunciaron abusos, coerción y tratos degradantes sufridos durante el cautiverio en Gaza.
Lo que debería haber generado una reacción unánime y contundente por parte de organizaciones feministas y referentes globales derivó, en numerosos casos, en silencios incómodos, respuestas tardías o intentos de relativización.
El mutismo resultó aún más llamativo si se compara con la velocidad con la que otros episodios internacionales suelen despertar campañas, manifiestos y movilizaciones globales.
Pero la contradicción no termina allí.
En los últimos días, un reportaje del diario británico Daily Mail citó testimonios de mujeres gazatíes que denuncian haber sido coaccionadas sexualmente por miembros de Hamas o por personas vinculadas a estructuras asistenciales controladas por el grupo, a cambio de alimentos, ayuda o dinero.
Se trata de denuncias que requieren investigación independiente y rigurosa, pero cuya mera existencia debería haber encendido alarmas inmediatas en los mismos sectores que dicen representar a todas las mujeres sin distinción.
No ocurrió.
Porque también las mujeres palestinas sometidas por Hamas, organización que aún mantiene poder armado y fuerte control interno sobre Gaza, parecen resultar incómodas para ciertos relatos.
Si las víctimas son israelíes, molestan porque desbaratan la narrativa binaria del opresor y el oprimido.
Si las afectadas son gazatíes abusadas por Hamas, perturban porque revelan la naturaleza brutal y represiva de quienes algunos insisten en presentar como simples resistentes.
En ambos casos, el resultado es el mismo: silencio.
Resulta particularmente llamativo el mutismo de numerosas activistas progresistas que participan con entusiasmo en marchas pro palestinas, muchas veces bajo consignas como “del río al mar”, interpretadas literalmente como una negación del derecho de existencia de Israel.
Detrás de esas proclamas se omite que el Estado judío es una democracia donde las mujeres gozan de amplios derechos, ocupan altos cargos públicos y participan plenamente en todos los ámbitos de la vida nacional, una realidad muy distante de la situación bajo Hamas en Gaza.
También sorprende que voces mediáticas de enorme proyección internacional, desde activistas como Greta Thunberg hasta figuras políticas estadounidenses particularmente activas en debates identitarios, como Ilhan Omar o Rashida Tlaib, no hayan mostrado la misma contundencia frente a estas agresiones sexuales que la exhibida ante otros conflictos.
No se trata de exigir pronunciamientos condenatorios de celebridades o legisladoras.
Sí de señalar enfáticamente una inconsistencia moral cada vez más evidente: algunas víctimas merecen solidaridad inmediata; otras apenas reciben sospecha, indiferencia o silencio.
Que una mujer violada por terroristas no merezca marchas revela que algo se ha quebrado.
El silencio frente a una rehén abusada durante meses vuelve la fractura aún más profunda.
Y la indiferencia ante una mujer palestina sometida por quienes controlan Gaza la convierte en escandalosa.
Entonces el problema deja de ser geopolítico para convertirse en ético.
La sororidad auténtica no pregunta por la nacionalidad de la víctima, ni por la utilidad política de su dolor, y tampoco por la identidad del agresor.
La hermandad entre mujeres verdadera acompaña a toda mujer violentada, incluso cuando hacerlo incomoda al propio bando.
Si calla precisamente cuando agrede Hamas, ya no es feminismo.
Es propaganda